¿Y si viniera de la Biblia nuestra vergüenza?

Nuestro legado cultural judeo-cristiano es obviamente un factor muy importante en lo que es la aparicion de los tabues alrededor del suelo pélvico. El texto del  Génesis (3;16) no puede ser más explícito.

(Dios dijo a la mujer (Eva)):

Multiplicaré tus dolores en el parto, y darás a luz a tus hijos con dolor. Desearás a tu marido, y él te dominará.

Es muy interesante notar que en el texto francés o inglés de la Biblia, la primera parte de la frase (“Multiplicaré tus dolores en el parto”) no se refiere al “parto” sino al “embarazo”.

En francés, reza :

J’augmenterai la souffrance de tes grossesses, tu enfanteras avec douleur, et tes désirs se porteront vers ton mari, mais il dominera sur toi.

y en inglés:

Then God said to the woman, I will cause you to have much trouble when you are pregnant. And when you give birth to children, you will have much pain. You will want your husband very much, but he will rule over you.

O sea, la versión castellana de la Biblia pone un foco aún más fuerte sobre los dolores en el parto, que las que están en otros idiomas.

Entonces, ¿qué le decimos a Eva?… ¡Gracias por haber sido tan pecadora! (¡mujeres, nunca escuchen a la  serpiente!). Ella condenó a todas las mujeres a sufrir a la hora de reproducirse y de traer al mundo a un nuevo ser humano.

Jardin d'Eden Jan Brueghel Paul Rubens
El Jardín del Edén con la caída del hombre, Rubens y Brueghel

Es más, según la Biblia, la mujer tiene la culpa del estado miserable en que se encuentra el mundo; por la debilidad de una mujer, los seres humanos tuvieron que abandonar el Paraíso. ¡Que terrible tragedia soportan nuestros hombros femeninos!

Hasta incluso podría resultarnos “divertido” (por ser tan ridículo), si el texto de la Biblia no hubiera sido usado como fundamental para definir el lugar de la mujer en la sociedad Occidental.

Embarazo y parto con dolor, obediencia al hombreasí es el “fatalismo femenino” impulsado por la Biblia. Cabe recordar que la Biblia es un texto escrito por hombres y que, obviamente, algún interés tenían en dejar ese mensaje de pecado femenino y de dolor original: imprimir el sentido de culpa y una noción de fatalismo en la psiquis femenina.

Pero, de todas formas, existe un Evangelio escrito por una mujer, María Magdalena. Este documento descubierto en el siglo II fue considerado como un Evangelio apócrifo, es decir, no sagrado… Puede ser porque este texto le daba una importancia considerable a María Magdalena, como “transmisora” de las palabras de Cristo. De hecho, el Evangelio consiste, en parte, en el relato que hace María Magdalena a otros discípulos (Pedro, Levi, Andrés) de las palabras del Señor (mencionado como «El Salvador»),  que supuestamente se las transmitió directamente.

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Estas palabras son, entre otras, las siguientes: “El Bienaventurado se despidió de todos ellos diciendo: ‘La paz sea con vosotros, que mi paz surja entre vosotros. Vigilad para que nadie os extravíe diciendo: helo aquí, belo aquí, pues el hijo del hombre está dentro de vosotros; seguidlo. Los que lo busquen lo hallarán. Id y proclamad el evangelio del reino’”. Básicamente significa que no hay que buscar afuera al hijo del hombre (Cristo) pues es mirando hacia “adentro” que cada uno se lo puede encontrar: «entre vosotros», «dentro de vosotros».

Alerta en contra de los elementos exteriores «que nadie os extravíe», los que pretenden saber dónde se encuentra el Señor: «helo aquí, belo aquí». Se presentan entonces como elementos opuestos la fe (depositada en lo exterior del ser humano) al el reconocimiento de lo divino en uno mismo.

Obviamente, este Evangelio representó una revolución para la Iglesia, no solamente por lo que dice sobre lo Divino, sino también por la persona que lo transmitió. El evangelio resalta la posición exclusiva que tiene María: “Leví dice a Pedro: ’Siempre tienes la cólera a tu lado, y ahora mismo discutes con la mujer enfrentándote con ella. Si el Salvador la ha juzgado digna, ¿quién eres tú para despreciarla? De todas maneras, Él, al verla, la ha amado sin duda’”.

Que una mujer pueda ser la receptora de la palabra de Dios era un hecho totalmente inaceptable en la joven Iglesia dirigida únicamente por hombres, que aparte trataban de imponer un sistema de control basado en la fe hacia afuera (el culto en la Iglesia).

Aquí, el tema que se debate, por supuesto, no es el de creer o no en la fe cristiana, sino que se trata de señalar el hecho de que incluso en lo que fue la creación del canon bíblico, la mujer fue apartada del rol de autora y personaje clave de una creencia y de su difusión. La marginación del evangelio de María Magdalena simboliza con fuerza el lugar que iba entonces a ocupar la mujer en la sociedad de legado cristiano: una persona sometida y sin voz…

Y por si fuera poco, en el siglo VI, el Papa Gregorio el Grande afirmó que María Magdalena era la pecadora mencionada en el evangelio de San Lucas (VII, 36-50), logrando de esta manera hacer de esa mujer tan importante del cristianismo una nueva representación del pecado (¡como si ya no alcanzará la pobre Eva!).

Maria Magdalena penitente El GrecoMaria Magdalena penitente, El Greco

Recién en 1969, quince siglos más tarde, se modificó esa “doctrina” con el papa Pablo VI , confirmando que María Magdalena no fue una “pecadora”, sino un discípulo de Cristo. Extraña coincidencia: justo cuando comenzó la “revolución sexual”, la Iglesia le volvió a dar a la mujer una mirada positiva… A pesar de eso, Pablo VI no era un hippie total, como se estarán preguntando, ¡fue el autor de la encíclica Humanae vitae que prohibió con fuerza la contracepción y el aborto! ¿Sacarle un poco de pecado a la Mujer? ¿Por qué no? Pero… ¿darle poder sobre su cuerpo? ¡De ninguna manera!

 

En el piso pélvico se encuentra la raíz de un poder femenino muy fuerte, cuya aceptación sigue siendo difícil para nuestro entorno cultural: el poder sexual. Negar el piso pélvico significa también negar la sexualidad de la mujer.

Casi setenta años después de la publicación del “Segundo Sexo” por Simone de Beauvoir, nos parece que todavía faltan varias etapas por recorrer en el largo camino de las mujeres hacia su “emancipación” total del yugo masculino.

Simone de Beauvoir El segundo sexo

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